Desde los teatros grecolatinos donde los actores usaban máscaras para superponer el personaje a su propia faz, su propia alma, a los carnavales venecianos donde la máscara servía para desinhibirse a los placeres de los enamorados siendo el contacto visual la única ventana al alma interior. La mirada es el espejo del alma…
Desde bufones, a reyes cruzados, desde aristócratas y artistas, a modelos y luchadores. La máscara no es más que un lienzo en blanco donde pintar desde cero, una nueva imagen, una nueva belleza exterior, un continente acorde al contenido.
Quizás el glamour de las máscaras comenzase en la Venecia medieval, donde la aristocracia podía mezclarse por una noche con el populacho. Dar rienda suelta a sus fantasías en una vida de lujo pero encorsetada a los estrictos cánones de moralidad y protocolo.
De ahí, que nace la idea romanticista de la máscara como símbolo de poder, como un amuleto que a voluntad propia, permite entrar en las sombras del anonimato, o quizás por el contrario entrar en el mundo del libertinaje y darse a todo tipo de deseos y perversiones.
Es por eso que en el lenguaje popular ha perdurado la expresión de “quitarse la máscara” o “desenmascarar a alguien” como el acto de revelar los verdaderos sentimientos o intenciones, mostrarse tal como es uno interiormente.
De la misma manera, la máscara permite enfocar la mirada en el centro de atención que son los ojos, dotados de un lenguaje arcano y no verbal, cuya comprensión nos es inconscientemente comprensible, pero que a la vez, no podemos dominar a voluntad. Siendo prisioneros de nosotros mismos, por aquello que nos acerca al mundo exterior.
En la moda así como en fotografía, la máscara llega a su última expresión, revelando al observador, una imagen decimonónica y pura del arte mismo. Un ser casi divino que observa al público sin revelar su alma mortal, y mostrándole la quintaesencia del alma, la pureza de la mirada.